El lunes pasado escuché un sonido contra la reja en homenaje a Gaudí. Era un sonido armónico y continuo. Miré hacia arriba y ví la bola de cristal enganchada en el tul.
Había estado en esa casa tres años y medio, conocía sus ruidos hasta el mínimo, pero ese nunca había existido.
Comencé a filmar y pensé qué bueno que había vuelto, a pesar de mi juramento de no volver a pisar esa casa. El mes anterior había estado un día y una noche en la finca y no me pude alojar en mi antigua casa, tan dejada estaba, tan sucia y mohosa, tan cambiada. Después de escuchar las voces de los idos, durante la noche, y partiéndome en dos del dolor, esperé que amaneciera, escuchando a Krishna Das , un disco que me había prestado Hernán el jardinero, hacia unos años, con el volumen al máximo fui a filmar, adentrándome en el jardín , sus sombras y sus luces, como una vida que se apagó y que uno disecciona en toda su variedad de matices.
Así se hizo de día. Terminé de limpiar y me tomé el primer micro que me alejara del sitio, con el dolor golpeándome justo en el medio del plexo, después supe que era el difragma.
Cancelé los encuentros planificados con los amigos desde la estación de micros, en un día de carnaval y de recambio de quincena turística del que jamás me voy a olvidar, por su sordidez y el desamparo que sentía. ¿Por qué debí irme de ese lugar, cómo se precipitaron de tal manera los acontecimientos para que yo no tenga elección y parta junto a mi hijo, a una ciudad hostil como Buenos Aires y ya nunca pueda volver? Mi mundo, mi lugar en el mundo , construido con tanto amor, estaba habitado por sombras del pasado. No había luz allí, no la había, a pesar de mi memoria, que atesoraba tantos recuerdos, los amigos que poblaron con sus risas o llantos esas paredes, las nenas de Cielo viniendo al taller de dibujos y palabras trayendo los panes calientes , Juli corriendo a la gata por el jardín, las fiestas del no tiempo, los asados ilustrados, los pájaros comiendo las miguitas cada mañana, la lluvia contra el techo, mi viejo disfrazado de mina, mi tía en su bendito descanso cuando me visitaba, el primer mail de mi vecina a su hija irlandesa, las noches de tinto y empanadas, el taller de biografía bajo las dicroicas, la visita de tantos y tantos amigos que venían o andaban de paso por aquella ciudad, los atardeceres desde el altillo, las siestas de Mona en mi cama, como un lagarto al sol, todo, todo eso quedaba confinado a un lugar del que yo sola tenía la llave. Mi alma.
Pero el destino y la necesidad con su tremenda herejía a cuestas , me hicieron volver la semana pasada. Me encontré tirada en el piso del altillo con mi amiga Analía al lado, después de cuarenta años , cuando nos encontrábamos para jugar en aquel mismo sitio, que en ese entonces era un garaje, su olor dulzón y su eutonía bastaron para hacerme sentir alegría, dormiría ahí, en esa casa que una vez fue mía, y cerraría un capítulo aunque me costara, no sólo sudor, sino también lágrimas.
Ana me dejó un libro, hermoso, que no conocía, El cuerpo tiene sus razones, y la imposición de leerlo esa misma noche, allí, en mi lugar en el mundo.
Al otro día desperté a la madrugada, viendo el sol asomando por las ventanas, y clareando el cielo, por la ventana los pájaros me saludaban como antes, me “bienvenían”, como antes, y el fresco traía ese olor a tierra húmeda de rocío, que tanto extrañé desde que me fui de ese lugar. Llena de energía y con el diafragma más sano, me puse a limpiar, a ordenar el pasado, a filmar, y así fue que en la hora de la siesta escuché el gong de la bola de cristal contra la reja que diseñé en homenaje a Gaudí. Volteé hacia arriba y la escuché otra vez, en toda su profundidad, se había enganchado en el tul y golpeaba con cada entrada de aire , el hierro, con una musicalidad, una repetición que no era producto del azar, sino que era un llamado, desde la casa, desde sus duendes e historias hermosas, desde la inocencia que allí había quedado. Busqué la filmadora y me quedé largo rato mirando como iba y venía, recortando el cielo azul .
Al volver, a los dos días, sentí que algo había cambiado en mí. Ayer, al ver las imágenes de ese día, se me ocurrió hacer el corto.
Con el cansancio , el apuro, se me olvidó poner a varios en la lista de agradecimientos, a Federico Spolianski, el gran motor para decidirme a filmar; a Heidi, quien me sostuvo caminando sobre el lago congelado; a Ani, por mirar las tiendas de Nürenberg mientras yo filmaba sus techos; a Cielo y Jorge, por el tremendo amor con que trataron a mi papá mientras le hacían los estudios , y por dejarme sus soles durante dos largos años en el taller, a Joako Baldín por usar aquel espacio para enseñarle mimo a un adolescente que ya pintaba su rebeldía, a Maru y sus jazmines, que inundaban cada año mi cocina, a todos los que descuidaron mi casa, porque me enseñaron el valor del desapego, en especial a una personita que supongo, debido a su juventud, no sabe todavía que las cosas que uno atesora no entran en cajas y que son mucho más que un cuadro que a quién le importa, a todos los amigos que me acompañaron en las épocas más difíciles de las sucesivas mudanzas, a Antón por confiar todavía en mí, en mi arte, tenga la expresión que tenga y sobre todo a Julio Villar, y su libro Eh! Petrel, Cuaderno de un navegante solitario , él fue quien me enseñó a mirar el cielo y a conocer el nombre de las estrellas, esté donde esté.
Para ver el corto pinchar en el enlace siguiente
Estremecedor corto, una vez leído esta entrada, señora… la música toca el alma. La parada en la fotografía es desgarradora. Me supongo tu dolor filmando esas imágenes.
Te dejo mi mejor abrazo
Hola Mari-luz! Hubo dolor en la filmación, pero hubo alegría en la edición, cuando uno “usa” lo creativo para expresar, todo se vuelve claro, todo se ilumina, y se cierran capítulos que duelen y se repara lo que alguna vez sentimos como injusto, y todo, todo se acomoda, y se entiende el significado de la vida, de sus idas y vueltas.
Gracias por tu comentario Luz Mari!
Gracias a Teo Bronzini, Ana Rossi, Marisa Quintela, Felipe Jolly, Marcelo Alfarete, Héctor Rosales, Analía Scuppa, Daniel Álvarez, Andrea Milde, Gloria Mariño, Oscar Giménez, Joako Baldín, Hernán Leo, Cele Santo Domingo, Ivana Blanco, Susana Kesselman, María Wernicke, Piero , Jorge Muscia, Sacha, Balta y tantos otros amigos y conocidos, que me dejaron sus comentarios en el FB o personalmente, en el mail, o en el teléfono, gracias especialmente a Miguel Rausch por insistirme en continuar, perfeccionarlo, aguzarlo, en una palabra, a no bajar los brazos y no dejar todo por la mitad…(y a Ivana por contactarme con él)…beso grande a todos!
me olvidé de unos cuántos más, de Laura que me pidió que deje quieta la cámara, que la mareo, jaja, gracias Lau, Cielo, la hermosa Cielo con sus hijas (sus palabras me calaron profundamente), Ri , Jose Pedroza , y siguen las firmas… gracias amigos!